El reino de Gnotzi (II)
El viaje fue tranquilo y ameno, bueno, ameno no, ya que los enanos no son muy diestros en la palabra, no así en la hospitalidad, rica cerveza tibia y carnes deshidratadas amenizaron el viaje, casi siento lastima de haber llegado en tan poco tiempo a las puertas de las cinco torres.
Ante mi unas puertas enrejadas dejaban ver un gran patio sombrío iluminado por antorchas en las paredes, grandes platos de cobre que expedían una luz azulada que parecía caer como agua por encima del mismo. Los techos eran muy altos o quizás solamente eran negros, la cuestión es que no llegaba a distinguirlos. Mire el contorno de la torre y quede sorprendido, según pude leer estas torres no fueron erigidas, solo fueron pulidas y vaciadas para poder vivir en ellas; pero su belleza era tal que apenas si me lo podía creer, la torre de la entrada era como una gran pieza de nakar con sendas vetas de jade, una de ellas parecía nacer en lo más alto y continuar hasta el mismo quicio de la puerta, completamente recta, ajena a los caprichos del tiempo, ofendiendo a la geología con su perfección rectilínea.
La guardia abrió las puertas con un agudo ruido, parecía que alguien estuviera arañando una pizarra, y me obligaron a pasar, quede sorprendido con la exuberancia de esta torre geológica, la linea de Jade seguía adelante como si la lógica no fuera con ella, por fin pude ver el techo, el nakar y el jade literalmente absorbían la luz que expedían los platos y las antorchas, por esa misma razón no se podía andar a solas por esa torre, cuando te alejabas poco más de dos metros de una fuente de luz te ves engullido por la oscuridad hasta tal punto que solamente puedes ver el leve resplandor de las antorchas y el camino formado por la luz azul de los platos, la única que parece hasta cierto punto inmune a este techo, sin duda por su rara facultad de caer al suelo en lugar de expandirse.
Tras la primera torre se encontraba un gran patio donde se difuminaba el nakar con un granito que se extendía hasta las faldas de las otras cuatro torres. Enanos en formación ocupaban una gran parte, se movían como uno solo individuo incluso cuando realizaban movimientos de ataque; realmente parece que los instruyan para pensar todos por igual. Al otro lado del patio había una grupo desorganizado que parecía estar contemplando una batalla. Una vez llegamos al centro del patio permanecimos parados mientras el que parecía el capitán nos dejo para acercarse a la pelea, al momento esta se disolvió dejando solamente dos figuras en el suelo, una de ellas se levanto tan rápido como pudo y se alejo cojeando, la otra figura alzo un brazo como pidiendo ayuda, la cual le fue brindada por el capitán. La que se levanto resulto ser una enana un poco más alta que cualquier otro enano que hubiera visto, su cuerpo aunque musculoso se presentaba más esbelto y brillante de lo normal, una larga cabellera rojiza y rizada cubrían el rostro y descansaba a sus espaldas, tras la pelea parecía que se había roto su vestido y lo tenia hecho jirones.
La mujer avanzo con paso firme y decidido, una vez a nuestra altura me observo como el que mira una rareza. Giro sobre los talones y dirigiéndose hacia su capitán ordeno que me encerraran en los calabozos, ella bajaría en cuanto pudiera. Mis quejas fueron lógicas, había venido sin protestas, no tenían derecho a encerrarme, si me encerraban no se si podría salir, ni como sobreviviría.
Ante mi unas puertas enrejadas dejaban ver un gran patio sombrío iluminado por antorchas en las paredes, grandes platos de cobre que expedían una luz azulada que parecía caer como agua por encima del mismo. Los techos eran muy altos o quizás solamente eran negros, la cuestión es que no llegaba a distinguirlos. Mire el contorno de la torre y quede sorprendido, según pude leer estas torres no fueron erigidas, solo fueron pulidas y vaciadas para poder vivir en ellas; pero su belleza era tal que apenas si me lo podía creer, la torre de la entrada era como una gran pieza de nakar con sendas vetas de jade, una de ellas parecía nacer en lo más alto y continuar hasta el mismo quicio de la puerta, completamente recta, ajena a los caprichos del tiempo, ofendiendo a la geología con su perfección rectilínea.
La guardia abrió las puertas con un agudo ruido, parecía que alguien estuviera arañando una pizarra, y me obligaron a pasar, quede sorprendido con la exuberancia de esta torre geológica, la linea de Jade seguía adelante como si la lógica no fuera con ella, por fin pude ver el techo, el nakar y el jade literalmente absorbían la luz que expedían los platos y las antorchas, por esa misma razón no se podía andar a solas por esa torre, cuando te alejabas poco más de dos metros de una fuente de luz te ves engullido por la oscuridad hasta tal punto que solamente puedes ver el leve resplandor de las antorchas y el camino formado por la luz azul de los platos, la única que parece hasta cierto punto inmune a este techo, sin duda por su rara facultad de caer al suelo en lugar de expandirse.
Tras la primera torre se encontraba un gran patio donde se difuminaba el nakar con un granito que se extendía hasta las faldas de las otras cuatro torres. Enanos en formación ocupaban una gran parte, se movían como uno solo individuo incluso cuando realizaban movimientos de ataque; realmente parece que los instruyan para pensar todos por igual. Al otro lado del patio había una grupo desorganizado que parecía estar contemplando una batalla. Una vez llegamos al centro del patio permanecimos parados mientras el que parecía el capitán nos dejo para acercarse a la pelea, al momento esta se disolvió dejando solamente dos figuras en el suelo, una de ellas se levanto tan rápido como pudo y se alejo cojeando, la otra figura alzo un brazo como pidiendo ayuda, la cual le fue brindada por el capitán. La que se levanto resulto ser una enana un poco más alta que cualquier otro enano que hubiera visto, su cuerpo aunque musculoso se presentaba más esbelto y brillante de lo normal, una larga cabellera rojiza y rizada cubrían el rostro y descansaba a sus espaldas, tras la pelea parecía que se había roto su vestido y lo tenia hecho jirones.
La mujer avanzo con paso firme y decidido, una vez a nuestra altura me observo como el que mira una rareza. Giro sobre los talones y dirigiéndose hacia su capitán ordeno que me encerraran en los calabozos, ella bajaría en cuanto pudiera. Mis quejas fueron lógicas, había venido sin protestas, no tenían derecho a encerrarme, si me encerraban no se si podría salir, ni como sobreviviría.
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